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Orgullo de Estirpe

Amici, compagni, cameratti:

Érase una vez que se era, a finales de los 60 y principio de los años 70, cuando la gente que iba al cine -que era el entretenimiento habitual de la gente sencilla- a ver películas que narraban aventuras, con cierto componente épico, lo que implicaba la idea del valor, del sacrificio, en definitiva, de los valores que encarnaban -y siguen encarnando-, el sentimiento de Patria que alberga cualquier persona que no renuncia a sus orígenes, que es su propia cultura, su propia familia.

Una de estas películas es: “Orgullo de estirpe”, cuyo título original, en inglés de EE.UU,  fue “The horsemen”: El jinete.

El argumento es el siguiente: Uraz (Omar Sharif), hijo de Tursen (Jack Palance), maestro de cuadras de un señor feudal, es un experto jinete que vive de acuerdo con un primitivo código de honor. El honor de la familia de Uruz queda dañado cuando se rompe la pierna jugando al equivalente afgano del polo. Superando grandes obstáculos y a pesar de las burlas y traiciones de algunos, se gana la oportunidad de participar en los juegos ofrecidos por el rey de Afganistán. Tras muchos avatares y la aparición de la bellísima Leigh Taylor Young, en su papel de “intocable”, muy, pero que muy muy tocable, Uraz gana el prestigio de su familia y, vuelve a sentir lo que da el título a la película: “Orgullo de estirpe”.

Machirulos heteropatriarcales y especistas

Esta película, dado su machismo heteropatriacal -todo perdidico de testosterona- especista -le pegan con la fusta a los pobres caballos- e islamofóbico -se burlan del Corán y sus efectos terapéuticos-, haría jarrear de lloros al grupo de las Falconettes.

Sí, ya sabéis, Irene Montero, Pam, Isa Serra y nosequién mas: “las chicas de Igualdad del ministerio de la risa”, las que fueron por la patilla -a costa de los impuestos que pagamos entre todos, claro- en Falcón de “cuchipandi” a Niuyork: en keroseno, unos 70.000 euracos de nada. De dietas y caprichitos, ni se sabe.

A lo que íbamos. La “peli” está de puta madre, como de p.m. estaban otras grandes películas de nuestra infancia que “endurecían” el carácter a base de establecer modelos de comportamiento mas-cu-li-nos, vamos de “machotes”, que te hacían resistir los embates de la existencia con ciertas dosis de estoicismo, de valor, de resistencia, vamos, de todas aquellas cosas que entendíamos que podían ser entendidas, ante nosotros y ante nuestras chicas, “legítimo orgullo de ser hombres”.

La decadencia del hombre de Occidente

La cosa no viene de ahora. Posiblemente, la superabundancia de una sociedad “hiper-mega-consumista”, y un “Estado del Bienestar”, también llamado el “Ogro filantrópico”, que te promete de todo, a cambio de quitártelo todo. Vamos, lo de la Agenda 2030-2050.

Todo eso debilitó el carácter de los hombres. Y no solo de los hombres, también el de las mujeres: que evitar la maternidad, cosa tan fatigosa y que no las deja “desarrollarse” profesionalmente.

La cosa es que ser un “hombre tradicional”, o una “mujer-esposa tradicional”, y que cada uno llevara su vida en pareja como el sentido común y las posibilidades de la vida real le ofreciera, se ha convertido, “poco a poco”, utilizando las técnicas de persuasión, tipo la “ventana de Overton”, en algo fatal a extinguir.

Y este Apocalipsis moral nos viene como una plaga desde el mundo académico de las universidades pijas de los EE.UU. Sus “teorías deconstruccionistas”, las llamadas “movimiento queer”: no hay sexos naturales, ni roles hombre-mujer solo “construcciones sociales y culturales”, y cualquiera puede aspirar a lo que quiera para alcanzar el máximo desarrollo humano personal. Vamos, la Agenda 2030 otra vez. Por eso, a los sexos de toda la vida hay que extirparlos, primero culturalmente, y luego, ya como “prestaciones sanitarias de la Seguridad Social”, con bisturí, a pagar con el dinero de nuestros impuestos.

Niños, niñas y niñes, a pedirse un “cambio de sexo” para reyes,  porque a Irene Montero le sale del “toto”.

La soberbia no es igual al orgullo

En efecto, amici, camerati, compagni. El orgullo no es un pecado capital, pero la soberbia sí. Los griegos llamaban a la “soberbia”, “hubris” o “hybris”, según los autores que se consulte. Diosa vengadora de la desmesura y de la soberbia, actuaba un “castigo” de los dioses para aquellos mortales que se habían atrevido a desafiar a la Naturaleza.

¿Y habrá algo más desmesurado que intentar cambiar la naturaleza de los humanos, el par de sexos hombre-mujer, su colaboración en la crianza de la familia y en el apoyo mutuo?.

Decía el gran don Francisco de Quevedo: “La soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió.” Pues a nosotros, a los patriotas, nos toca ayudarles a bajar.

Un español de estirpe: Miguel Ángel Blanco

Lo mataron cobardemente hace 25 años. Él solo tenía 29.

A él, no le olvidamos. A ellos, a los asesinos, a los bildupapás y las bildumamás, de una de las ramas separatista de este Gobierno-Frankestein, la diosa Némesis tampoco les perdonará.

Otto, el memorioso.